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La deuda pendiente del gaming con el medio ambiente: consume más que 5 millones de vehículos

Un PC potente, configurado para jugar con la máxima calidad a los videojuegos de mayor calidad gráfica, puede llegar a consumir lo mismo que tres neveras

La deuda pendiente del gaming con el medio ambiente: consume más que 5 millones de vehículos

Cerca de 1.000 millones de personas juegan de forma habitual a videojuegos. La mayoría lo hace en el teléfono móvil o la tableta, pero para quienes de verdad disfrutan de los juegos más avanzados, un PC potente o una consola son accesorios casi imprescindibles. Al fin y al cabo, los mejores juegos, los títulos más ambiciosos y que mejor se ven, sólo están disponible en estas plataformas.

Estos dispositivos no sólo suelen tener un precio elevado (sobre todo en el caso de un PC equipado a la última), también consumen una enorme cantidad de energía. Más de la que cabría esperar en un primer momento. Para poder mostrar juegos con la máxima calidad gráfica, llenos de realismo, tanto los PC como las consolas utilizan avanzados procesadores gráficos cuyo consumo energético rivaliza con el de los electrodomésticos más grandes del hogar.

Un estudio de 2015 del Laboratorio Nacional Lawrence Berkley de EEUU, por ejemplo, apuntaba a que un PC optimizado para juegos con la última tecnología de la época consumía lo mismo que tener tres neveras en casa si se usaba una media de tres o cuatro horas al día.

Aunque tres horas al día parezca mucho tiempo, es aproximadamente lo que un jugador entusiasta suele invertir en su hobby. Según la consultora NPD, el jugador avanzado medio dedica 22 horas a la semana a jugar.

Con los años, algunos componentes del PC se han vuelto más eficientes, como la memoria o la unidad de almacenamiento SSD, pero no es el caso de las tarjetas gráficas. Para conseguir mostrar cada vez mejores gráficos, necesitan una enorme capacidad de proceso. Los modelos más recientes, por tanto, han multiplicado el consumo, añadiendo más y más núcleos de proceso en paralelo para hacer los miles de millones de cálculos por segundo que son necesarios para recrear luces, sombras, texturas y modelos en un entorno tridimensional.

Un ejemplo: una tarjeta Nvidia RTX 3080 -una de las más avanzadas que se pueden poner dentro de un PC- usa unos 320 vatios de potencia cuando funciona a máximo rendimiento. No todos los juegos requieren que lo haga de forma sostenida, pero es con diferencia el componente que más consumirá dentro de un equipo diseñado para jugar. A este consumo hay que añadir el del procesador, la RAM, la unidad SSD, el monitor y el procesador principal de la máquina.

Hoy en día, quienes construyen un PC para juegos suelen optar por tanto por fuentes de alimentación capaces de proporcionar entre 650 y 700 vatios de potencia. De nuevo, se trata de potencia nominal que no se utiliza de forma sostenida, pero da una idea de lo que una máquinas de estas características puede llegar a demandar de la red eléctrica al echar una partida al último Call of Duty o FIFA.

Cuando hay que hacer el balance del año, el consumo agregado típico de un PC de última generación para juegos es de unos 1.400 kWh. Dependiendo a la hora a la que se juegue, eso puede suponer unos 200 o 300 euros al año en el recibo de la luz. Como comparación, un PC corriente, usando para una variedad de tareas que pueden incluir juegos de menor capacidad gráfica, consume unos 246 kWh a lo largo de un año. Cinco veces menos.

¿Qué pasa con las consolas? Consumen significativamente menos también, aunque los últimos modelos lanzados al mercado también han aumentado la potencia media que necesitan para mostrar en la tele de casa los juegos más avanzados. Una Playstation 5, por ejemplo, tiene una potencia nominal de 350 vatios, aunque por lo general requerirá de entre 150 y 200 vatios de potencia durante una sesión de juegos. La historia es la misma. Para la mayoría de los hogares puede que el consumo no se note mucho, sobre todo si no se juega con ella todos los días durante tres horas, pero en el balance de final del año es una parte importante del total de energía consumida por un hogar.

Tal vez más preocupante es lo que estas cifras suponen en emisión de CO2, sobre todo en países con una red eléctrica dependiente de combustibles fósiles. Sólo en EEUU el parque instalado de PC para juegos y consolas es responsable de la emisión de unas 24 toneladas métricas de dióxido de carbono, lo mismo que 5 millones de vehículos en la carretera, según cifras del mismo laboratorio actualizadas en 2019.

La buena noticia es que, aplicando diferentes estrategias, sería posible disminuir este consumo a la mitad. Los autores del estudio, por ejemplo, apuntan al juego en la nube. Se trata de servicios que ejecutan los juegos en centros de datos remotos y sólo envían al jugador la señal de video correspondiente.

Es una tecnología que aún no está muy extendida pero que empieza a ganar adeptos porque tiene varias ventajas. La principal es que no es necesario un PC de última generación en casa para poder jugar a los juegos más nuevos y gráficamente intensos del mercado. Todo el proceso de ejecución se traslada a estos centros de datos remotos que, sí, son también responsables de un enorme gasto energético, pero que suelen estar instalados en regiones que cuentan con un importante despliegue de energías renovables.

Ajustes en el consumo de las tarjetas gráficas y un pequeño sacrificio por parte de los jugadores en lo que respecta a la calidad visual a la hora de jugar también podrían contribuir a que el consumo sea mucho menor. La mayoría de los juegos permite ajustar la resolución y calidad de los efectos visuales. Cuanto más bajos sean estos valores, menos trabajo tendrán que hacer el procesador y la tarjeta gráfica.

Extraido de: https://www.elmundo.es/

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